Neil Harbisson es un joven de 30 años de edad. De padre británico irlandés y madre catalana, vive en Barcelona, donde ha creado la Formación Cyborg. No en vano, él es uno de ellos. Y es que desde que se le diagnosticara con 11 años una enfermedad (o condición visual, como él prefiere denominarla) llamada acromatopsia, consistente en que solo puede ver en blanco y negro, lleva acoplado un dispositivo electrónico que soluciona este problema. El aparato en cuestión está formado, a grandes rasgos, por un sensor de colores, un cable de audio y un chip. El dispositivo se encuentra colocado en su cabeza (como una diadema que no se aprecia a simple vista) con una especie de “antena” orientada al frente que conecta con el chip, adosado a su nuca. El funcionamiento de tal aparato es, cuanto menos, de lo más curioso:
El sensor se encarga de captar las frecuencias de luz que emite cada color. A través del cable y el chip, esas frecuencias de luz son transformadas en su equivalente en frecuencias de sonido, y estos sonidos son transmitidos al cerebro a través de los huesos del cráneo.
Es decir, que para cada color existente, Neil recibe su equivalente sonoro en forma de nota musical. Se podría decir, así, que es capaz de oír los colores, pues cada uno de ellos se asocia a una nota distinta. Esta forma de reconocimiento tan particular (lo que no le transmite un sentido, lo deduce a través de otro) ha generado en Neil un comportamiento muy distinto al de cualquiera de nosotros:
Si pide un plato en un restaurante, decora su vivienda o escoge la ropa para ponerse cada día, no lo hace en base a los colores propiamente dichos, sino a la sonoridad de estos: Si le producen una combinación sonora agradable, seguramente sean los correctos.
Esta simbiosis ha producido un cambio en sus comportamientos, distinto al que habría tenido si no hubiera padecido esa “condición visual” que le impedía percibir los colores desde su nacimiento, o incluso si hubiera seguido viviendo sin esta tecnología del “tercer ojo” tan ingeniosa como sorprendente.
Neil Harbisson ha sufrido un cambio importante en su forma de vivir gracias a este implante, y ahora es un fiel y animoso partidario de que la tecnología y el hombre entren en esta especie de simbiosis para beneficiar al último. Aparte de crear la Fundación Cyborg, viaja por todo el mundo dando conferencias acerca de todo lo relacionado con los cyborgs y las ventajas que esta forma de tecnología conferiría al ser humano. Además, está organizando ya el que sería el el primer congreso mundial de ciborgs que se celebraría en los próximos Campus Party.
Juan José Millás mantiene una entrevista con Neil para el diario El País, en el que este último, preguntado acerca de los movimientos ciborg a nivel mundial, dice que “en el futuro todo el mundo será ciborg. De hecho, todo el mundo lleva tecnología en los bolsillos, y los bolsillos son la transición”.
Esta afirmación me ha hecho reflexionar nuevamente sobre algo que ya llevo pensando un tiempo, desde que leí un artículo sobre implantes cibernéticos en la revista Año Cero (un horror de revista alarmista y conspiranoica donde las haya, aunque el artículo en cuestión resultaba interesante). Me pregunto, pues, si no estamos tan lejos de llegar a esa realidad en que hombre y máquina mantengan una simbiosis total, cada vez más pegada la tecnología a la piel, o incluso bajo la misma dermis. La tecnología ya existe o ya se está estudiando y experimentando. La implementación de la tecnología con nosotros mismos, como seres únicos e individuales cada vez más conectados (apegados, incluso) a ella ya se está produciendo.
Y, lo más importante, la aceptación de utilizarla como extensión de nuestro propio cuerpo, de llevarla con nosotros a cualquier lugar, es cada vez más común. Se extiende de manera vertiginosa.
Neil, con esa frase sobre los bolsillos, está diciendo algo fundamental. Hemos pasado de acudir al lugar donde estaba la máquina a dejar que la máquina nos acompañe, para que amplíe nuestras funciones y capacidades, para mejorarnos y facilitarnos la vida (en principio). Lo hemos hecho reduciendo las dimensiones de la máquina, para llevarla fácilmente en los bolsillos.
¿Quién podría imaginar hace unas pocas décadas que actividades como la toma de fotografía y vídeo en alta definición, la conexión a internet o incluso la conectividad a amplísimas redes sociales digitales serían posibles, más aún, de forma portátil y que todo cupiera en un aparato de reducidas proporciones que iría siempre con nosotros?
Algunas personas, hoy día, ni siquiera pueden salir de casa sin su teléfono móvil, realmente lo han aceptado como una extensión de su propio cuerpo, y aun seguirá aumentando esta dependencia según se incorporen funciones nuevas a los dispositivos, y según esas funciones se vuelvan fundamentales para la nueva forma de vida del individuo (de su forma de relacionarse con los otros, de la búsqueda de información, de su forma de desplazarse u orientarse).
El último libro que leí el año pasado, ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? Superficiales, de Nicholas Carr, me transmitió una idea clara y concreta de lo que ocurre entre tecnología y ser humano en cualquier período histórico: El hombre mejora la tecnología existente o crea nuevas tecnologías que le permitan ampliar sus capacidades o renovarlas y, sobre todo, mejorar su calidad de vida en base a las funciones que necesita satisfacer. El único “problema”, es que no hay vuelta atrás en cuanto al nivel de dependencia (o, al menos, no queremos nunca regresar a niveles anteriores). Y es que cada tecnología nueva sobre métodos anteriores cambia por completo nuestra capacidad de entendimiento, nuestra forma de razonar, nuestros comportamientos, nuestras relaciones entre nosotros mismos. Todo se basa en la inmensa plasticidad de nuestro cerebro para adaptarse a nuevas situaciones y actuar de la forma más conveniente. El cerebro “se acostumbra” y, a partir de ahí, no se puede más que evolucionar (o involucionar, si se puede permitir tal término, porque todo depende del punto de vista).
Volviendo a Neil y su “frase de los bolsillos”, considero que tiene razón. El cambio ya ha empezado a producirse: de la aceptación de llevar la tecnología con nosotros hemos pasado a depender de ésta portabilidad, y el siguiente paso será la implementación total.
La utilización de tecnología basada en el software actual pero que no utilice hardware, o que se implemente con nuestras acciones cotidianas sin el uso de aparatos, es una realidad en la mente de los ingenieros y desarrolladores actuales. Tanto es así que ya se están empezando a estudiar las tecnologías que permitieran esta integración total con un mundo virtual asociado a cualquier elemento real, de forma que podamos adquirir información adicional de nuestro entorno. Estilo Terminator, pero incluso mejor. La realidad supera a la ficción: “pantallas táctiles holográficas” (si se me permite la expresión) que se expanden según colocamos un dedo en la encimera de la cocina (con menús, por ejemplo) o al hacerlo sobre la superficie de la nevera (con el estado de los productos que tenemos en ella, por poner otro ejemplo); o una guía turística interactiva que podría ir incorporada a unas lentes de contacto capaces de generar y mostrar texto ante nuestros ojos. Ya se están estudiando lentes capaces de generar texto que nuestros ojos podrían enfocar, con láser y sistemas de iluminación prácticamente microscópicos. La idea de realidad aumentada será cada vez menos ficción y más realidad.
Por otro lado, el desarrollo de la tecnología áptica (aún únicamente como concepto) nos permitiría tocar lo imposible, generando artificialmente el tacto de múltiples objetos. Así, a bote pronto, se me ocurre un nivel extremadamente superior al actual en el uso de videojuegos: La combinación del tacto y el movimiento insertados en un entorno virtual basado en realidad aumentada o en entornos tridimensionales, podría lograr sensaciones increíbles. Si observamos la evolución que han sufrido los videojuegos y las propuestas que podrían estar por venir, no es difícil imaginar un mundo así.
Por otro lado, también está evolucionando de forma increíble el desarrollo de androides, robots con apariencia humana, sobre todo en Japón. Hiroshi Ishiguro es el creador del androide Geminoid HI-2, y un firme convencido de que en el futuro los seres humanos tendrán relaciones sociales (o incluso sexuales, atención al dato) con estos robots como las que podrían tener actualmente con otros humanos.
Por último, y regresando a un tema quizá más actual, más visible en el horizonte, comienza a hacerse plausible conceptos como el de “telepresencia”. La televisión conectada a nosotros, nosotros conectados a la televisión. La implementación en el ya clásico (aunque en constante renovación) aparato doméstico de las redes sociales. La capacidad del espectador para opinar en directo sobre aquello que está viendo, de seleccionarlo, de compartirlo con quien desee, de generar conversaciones incluso con los personajes televisivos, de recibir una programación adaptada a su vida más personal, con series que incluso podrían cambiar su desarrollo o final según las preferencias y la personalidad del espectador o su estado de ánimo.
Desde hace unos meses, o quizá ya un par de años, cada vez oigo más hablar de estos términos. Realidad aumentada, nanotecnología, implantes cibernéticos…
Si nos fijamos en diversos aparatos tecnológicos que tengamos alrededor en este preciso instante y reflexionamos sobre la actividad que tendríamos que realizar si no existieran, nos daremos cuenta de la dependencia que hemos adquirido de ellos. Tanta, que apenas somos capaces de asimilar que la tecnología no solo nos hace la vida más fácil, sino que también nos encadena a ella. Tenemos que tenerlo muy en cuenta. La recurrencia del cine de ciencia ficción a panoramas catastróficos de decadencia de la raza humana está relacionada en cuanto a que conocemos la dependencia que la tecnología provoca sobre nosotros. Que esa dependencia facilita nuestras vidas a cambio de reducir nuestra capacidad (necesidad) de realizar acciones, que esas acciones las van asumiendo elementos que, aunque fabricados por nosotros, nunca se convertirán en nosotros de forma plena, y que por tanto pueden fallar. Más miedo aun nos causa si esos elementos artificiales toman apariencia humana, pues cuanto más se parezcan a nosotros, menos los podremos identificar. Y ni qué decir tiene que aún causa mucho rechazo que a uno le implanten un aparato dentro del organismo.
¿Quizá en un futuro incluso los implantes nos los realice un robot tremendamente preciso que sustituya al clásico y ya pasado de moda cirujano? Si, ya existe. Se llama DaVinci. Quizá dentro de un tiempo sea una realidad total.
El futuro causa asombro, expectación y miedo, porque se ve cada vez más cerca. Y cada vez se distingue mejor su forma, muy similar a una gran producción hollywoodiense de sci-fi. En gran parte de ellas, el ser humano no salía bien parado.