Cierre épico de 2012 con el estreno de El Hobbit: An Unexpected Journey

Cuando han pasado prácticamente 10 años desde el estreno de El Retorno del Rey, la última parte de la trilogía El Señor de los Anillos (parece mentira que haya pasado tanto tiempo) Peter Jackson vuelve ha traernos la Tierra Media de Tolkien al cine con el estreno de El Hobbit, Un viaje inesperado. Se trata de la primera película basada en la novela de El Hobbit, que cuenta la historia de Bilbo y de cómo éste se hizo con el Anillo y llegará a los cines el 14 de diciembre.

Me fascina el universo creado por Tolkien y las adaptaciones al cine de Jackson. Disfruté de lo lindo con las películas de El Señor de los Anillos, y la noticia de esta nueva adaptación, cuyo estreno cada vez queda más cerca, es toda una alegría viendo lo trillado de muchas de las últimas propuestas cinematográficas.

No he leído El Hobbit de J.R.R. Tolkien, pero el trailer la verdad es que no pinta nada mal… Y la entonada de “Misty Mountains” es realmente emocionante (no suena igual de bien en castellano, por cierto). Genial banda sonora nuevamente a cargo de Howard Shore, uno de los genios compositores actuales: Solo por su música ya merecerá la pena ver esta película en el cine.

Anonymous. Una causa justa y armas de dudosa moralidad.

A estas alturas, todos conocemos quiénes son Anonymous. Se podría decir que somos todos y ninguno de los millones de usuarios de Internet. En esta definición tan indefinida los activistas del grupo hacen gala en ocasiones de una actitud que poco tiene que ver con la libertad de expresión dentro del marco de legalidad que todos suponemos debería respetarse en nuestro país. Sus acciones muchas veces no son más que una rabieta, en la que encima, parece ser que debemos identificarnos todos los usuarios. Esa rabieta muchas veces va cargada de comportamientos que para nada respetan la libertad y el derecho a privacidad, esos dos derechos que tanto se exigen en el mundo de Internet últimamente, y los cuáles por otro lado apoyo y reivindico, por supuesto.

La publicación de datos personales de familiares de políticos así como de cineastas, productores y artistas sin el consentimiento de estos, a libre voluntad de un grupo de anónimos, no merece ni un ápice de mi respeto, ni de cualquiera que valore la libertad bien entendida y los derechos fundamentales de cada individuo. Cada vez con mayor asiduidad, el grupo Anonymous parece utilizar acciones más agresivas para proteger a los internautas sobre sus derechos fundamentales. Pero ya son muchos internautas los que a su vez empiezan a estar hasta el gorro de que estos activistas jueguen a representarles.

Y no solo eso, sino que parece que van camino de crear toda una dictadura en la que no habrá consenso ni votos que valgan, en la que impondrán los valores que consideran correctos por la simple ley del miedo. Porque si no estás a su favor, estarás necesariamente en su contra y cargarán contra tu privacidad, con los riesgos que esto puede suponer según los datos que puedan obtener de según qué personas.

Sí, creo en los valores que defiende Anonymous, en gran parte de su ideal suelo coincidir, pero no en la forma de defenderlos. No creo en la hipocresía ni en la fuerza bruta. No creo en el miedo como arma de control. No creo en un grupo que, sin dar la cara, trata de representar a un colectivo más grande que el de ningún partido político y que lucha desde casa a través de amenazas. No creo en anónimos, sino en nombres reales, en los que dan la cara, en los que defienden su libertad espada contra espada, y no poniendo al otro una pistola en la sien.

Esa no es forma de luchar. Conmigo, por ese camino, que no cuenten.

Memoria

Había abrigado la falsa esperanza de encontrar refugio en aquella ciudad en la que todo eran oportunidades. Había abandonado los olivos y la música de las estaciones, el trabajo duro de labrar la tierra, el olor a musgo. Había dejado atrás el fuego de la hoguera, los rescoldos de la leña. Atrás quedaban los duros años de trabajo construyendo aquel hogar humilde de adobe y madera, la soledad buscada, el cariño de las gentes de su tierra. Allí había dejado no solo las raíces de la cosecha, sino las suyas propias. Había abandonado así su sudor y su pobreza, la sangre y la suciedad de sus manos, los callos de quién está curtido de batallas y treguas con la lluvia y el viento. Había dejado de dirigir el ganado en busca de pasto fresco.

Y, por último, dejó de ver las estrellas en el cielo, de concentrar su fantasía en ellas antes del sueño. Dejó de sentir la última brisa del día y el primer rocío de la mañana. Y ahora lo recordaba…

Con el paso del tiempo, la rutina había comenzado a encarcelarle. Había olvidado los olivos, pues mirara a donde mirase solo veía edificios de diseños altivos. Desde arriba, parecían cernirse sobre él como dioses de otros mundos, entre cortinas grises de una contaminación eternamente pegajosa y ascendente. Entre el asfalto y el cielo eran como pilares gigantescos y eternos que sostenían una bóveda grisácea donde todos los sueños quedaban atrapados y las estrellas eran apenas un mito de otros tiempos.

El cariño de las gentes de aquellos otros tiempos también se había apagado. No había leña para la hoguera, sino guerra, pero allá lejos en la frontera, entre droides y máquinas de acero. No tenía callos en las manos, pues trabajaba con lisas superficies agradables al tacto. No sentía la lluvia ni el viento ni el rocío mañanero, pero tampoco las tempestades ni el frío del invierno.

El terror chocaba contra pantallas de información y boletines diarios, sin traspasar las fronteras de lo cotidiano. Como la guerra, eran asuntos lejanos. Como el hambre y la pobreza, no era difícil disimularlos entre una gran conciencia.

Una conciencia compartida. Una vida virtual, sólida y segura.

Y entonces, la crisis azotó una vez más a la gran maquinaria global. El sistema volvió a caer, y el Hombre sintió la cruda realidad que se escondía tras las capas de hipocresía que cubrían la ciudad y el dinero que teñía su conciencia de falsa felicidad.

Y entonces el Hombre recordó, y en su incertidumbre sobre cuál era el mejor modo de vida, sembró en su ADN la semilla más valiosa de su vida.

Y miles de años después, tras muchos años de muerte y oscuridad, el Hombre supo, al fin, lo que tenía que hacer. El ciclo había vuelto a comenzar.

Del primer ciborg reconocido oficialmente al concepto de realidad aumentada

Neil Harbisson es un joven de 30 años de edad. De padre británico irlandés y madre catalana, vive en Barcelona, donde ha creado la Formación Cyborg. No en vano, él es uno de ellos. Y es que desde que se le diagnosticara con 11 años una enfermedad (o condición visual, como él prefiere denominarla) llamada acromatopsia, consistente en que solo puede ver en blanco y negro, lleva acoplado un dispositivo electrónico que soluciona este problema. El aparato en cuestión está formado, a grandes rasgos, por un sensor de colores, un cable de audio y un chip. El dispositivo se encuentra colocado en su cabeza (como una diadema que no se aprecia a simple vista) con una especie de “antena” orientada al frente que conecta con el chip, adosado a su nuca. El funcionamiento de tal aparato es, cuanto menos, de lo más curioso:

El sensor se encarga de captar las frecuencias de luz que emite cada color. A través del cable y el chip, esas frecuencias de luz son transformadas en su equivalente en frecuencias de sonido, y estos sonidos son transmitidos al cerebro a través de los huesos del cráneo.

Es decir, que para cada color existente, Neil recibe su equivalente sonoro en forma de nota musical. Se podría decir, así, que es capaz de oír los colores, pues cada uno de ellos se asocia a una nota distinta. Esta forma de reconocimiento tan particular (lo que no le transmite un sentido, lo deduce a través de otro) ha generado en Neil un comportamiento muy distinto al de cualquiera de nosotros:

Si pide un plato en un restaurante, decora su vivienda o escoge la ropa para ponerse cada día, no lo hace en base a los colores propiamente dichos, sino a la sonoridad de estos: Si le producen una combinación sonora agradable, seguramente sean los correctos.

Esta simbiosis ha producido un cambio en sus comportamientos, distinto al que habría tenido si no hubiera padecido esa “condición visual” que le impedía percibir los colores desde su nacimiento, o incluso si hubiera seguido viviendo sin esta tecnología del “tercer ojo” tan ingeniosa como sorprendente.

Neil Harbisson ha sufrido un cambio importante en su forma de vivir gracias a este implante, y ahora es un fiel y animoso partidario de que la tecnología y el hombre entren en esta especie de simbiosis para beneficiar al último. Aparte de crear la Fundación Cyborg, viaja por todo el mundo dando conferencias acerca de todo lo relacionado con los cyborgs y las ventajas que esta forma de tecnología conferiría al ser humano. Además, está organizando ya el que sería el el primer congreso mundial de ciborgs que se celebraría en los próximos Campus Party.

Juan José Millás mantiene una entrevista con Neil para el diario El País, en el que este último, preguntado acerca de los movimientos ciborg a nivel mundial, dice que “en el futuro todo el mundo será ciborg. De hecho, todo el mundo lleva tecnología en los bolsillos, y los bolsillos son la transición”.

Esta afirmación me ha hecho reflexionar nuevamente sobre algo que ya llevo pensando un tiempo, desde que leí un artículo sobre implantes cibernéticos en la revista Año Cero (un horror de revista alarmista y conspiranoica donde las haya, aunque el artículo en cuestión resultaba interesante). Me pregunto, pues, si no estamos tan lejos de llegar a esa realidad en que hombre y máquina mantengan una simbiosis total, cada vez más pegada la tecnología a la piel, o incluso bajo la misma dermis. La tecnología ya existe o ya se está estudiando y experimentando. La implementación de la tecnología con nosotros mismos, como seres únicos e individuales cada vez más conectados (apegados, incluso) a ella ya se está produciendo.

Y, lo más importante, la aceptación de utilizarla como extensión de nuestro propio cuerpo, de llevarla con nosotros a cualquier lugar, es cada vez más común. Se extiende de manera vertiginosa.

Neil, con esa frase sobre los bolsillos, está diciendo algo fundamental. Hemos pasado de acudir al lugar donde estaba la máquina a dejar que la máquina nos acompañe, para que amplíe nuestras funciones y capacidades, para mejorarnos y facilitarnos la vida (en principio). Lo hemos hecho reduciendo las dimensiones de la máquina, para llevarla fácilmente en los bolsillos.

¿Quién podría imaginar hace unas pocas décadas que actividades como la toma de fotografía y vídeo en alta definición, la conexión a internet o incluso la conectividad a amplísimas redes sociales digitales serían posibles, más aún, de forma portátil y que todo cupiera en un aparato de reducidas proporciones que iría siempre con nosotros?

Algunas personas, hoy día, ni siquiera pueden salir de casa sin su teléfono móvil, realmente lo han aceptado como una extensión de su propio cuerpo, y aun seguirá aumentando esta dependencia según se incorporen funciones nuevas a los dispositivos, y según esas funciones se vuelvan fundamentales para la nueva forma de vida del individuo (de su forma de relacionarse con los otros, de la búsqueda de información, de su forma de desplazarse u orientarse).

El último libro que leí el año pasado, ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? Superficiales, de Nicholas Carr, me transmitió una idea clara y concreta de lo que ocurre entre tecnología y ser humano en cualquier período histórico: El hombre mejora la tecnología existente o crea nuevas tecnologías que le permitan ampliar sus capacidades o renovarlas y, sobre todo, mejorar su calidad de vida en base a las funciones que necesita satisfacer. El único “problema”, es que no hay vuelta atrás en cuanto al nivel de dependencia (o, al menos, no queremos nunca regresar a niveles anteriores). Y es que cada tecnología nueva sobre métodos anteriores cambia por completo nuestra capacidad de entendimiento, nuestra forma de razonar, nuestros comportamientos, nuestras relaciones entre nosotros mismos. Todo se basa en la inmensa plasticidad de nuestro cerebro para adaptarse a nuevas situaciones y actuar de la forma más conveniente. El cerebro “se acostumbra” y, a partir de ahí, no se puede más que evolucionar (o involucionar, si se puede permitir tal término, porque todo depende del punto de vista).

Volviendo a Neil y su “frase de los bolsillos”, considero que tiene razón. El cambio ya ha empezado a producirse: de la aceptación de llevar la tecnología con nosotros hemos pasado a depender de ésta portabilidad, y el siguiente paso será la implementación total.

La utilización de tecnología basada en el software actual pero que no utilice hardware, o que se implemente con nuestras acciones cotidianas sin el uso de aparatos, es una realidad en la mente de los ingenieros y desarrolladores actuales. Tanto es así que ya se están empezando a estudiar las tecnologías que permitieran esta integración total con un mundo virtual asociado a cualquier elemento real, de forma que podamos adquirir información adicional de nuestro entorno. Estilo Terminator, pero incluso mejor. La realidad supera a la ficción: “pantallas táctiles holográficas” (si se me permite la expresión) que se expanden según colocamos un dedo en la encimera de la cocina (con menús, por ejemplo) o al hacerlo sobre la superficie de la nevera (con el estado de los productos que tenemos en ella, por poner otro ejemplo);  o una guía turística interactiva que podría ir incorporada a unas lentes de contacto capaces de generar y mostrar texto ante nuestros ojos. Ya se están estudiando lentes capaces de generar texto que nuestros ojos podrían enfocar, con láser y sistemas de iluminación prácticamente microscópicos. La idea de realidad aumentada será cada vez menos ficción y más realidad.

Por otro lado, el desarrollo de la tecnología áptica (aún únicamente como concepto) nos permitiría tocar lo imposible, generando artificialmente el tacto de múltiples objetos. Así, a bote pronto, se me ocurre un nivel extremadamente superior al actual en el uso de videojuegos: La combinación del tacto y el movimiento insertados en un entorno virtual basado en realidad aumentada o en entornos tridimensionales, podría lograr sensaciones increíbles. Si observamos la evolución que han sufrido los videojuegos y las propuestas que podrían estar por venir, no es difícil imaginar un mundo así.

Por otro lado, también está evolucionando de forma increíble el desarrollo de androides, robots con apariencia humana, sobre todo en Japón. Hiroshi Ishiguro es el creador del androide Geminoid HI-2, y un firme convencido de que en el futuro los seres humanos tendrán relaciones sociales (o incluso sexuales, atención al dato) con estos robots como las que podrían tener actualmente con otros humanos.

Por último, y regresando a un tema quizá más actual, más visible en el horizonte, comienza a hacerse plausible conceptos como el de “telepresencia”. La televisión conectada a nosotros, nosotros conectados a la televisión. La implementación en el ya clásico (aunque en constante renovación) aparato doméstico de las redes sociales. La capacidad del espectador para opinar en directo sobre aquello que está viendo, de seleccionarlo, de compartirlo con quien desee, de generar conversaciones incluso con los personajes televisivos, de recibir una programación adaptada a su vida más personal, con series que incluso podrían cambiar su desarrollo o final según las preferencias y la personalidad del espectador o su estado de ánimo.

Desde hace unos meses, o quizá ya un par de años, cada vez oigo más hablar de estos términos. Realidad aumentada, nanotecnología, implantes cibernéticos…

Si nos fijamos en diversos aparatos tecnológicos que tengamos alrededor en este preciso instante y reflexionamos sobre la actividad que tendríamos que realizar si no existieran, nos daremos cuenta de la dependencia que hemos adquirido de ellos. Tanta, que apenas somos capaces de asimilar que la tecnología no solo nos hace la vida más fácil, sino que también nos encadena a ella. Tenemos que tenerlo muy en cuenta. La recurrencia del cine de ciencia ficción a panoramas catastróficos de decadencia de la raza humana está relacionada en cuanto a que conocemos la dependencia que la tecnología provoca sobre nosotros. Que esa dependencia facilita nuestras vidas a cambio de reducir nuestra capacidad (necesidad) de realizar acciones, que esas acciones las van asumiendo elementos que, aunque fabricados por nosotros, nunca se convertirán en nosotros de forma plena, y que por tanto pueden fallar. Más miedo aun nos causa si esos elementos artificiales toman apariencia humana, pues cuanto más se parezcan a nosotros, menos los podremos identificar. Y ni qué decir tiene que aún causa mucho rechazo que a uno le implanten un aparato dentro del organismo.

¿Quizá en un futuro incluso los implantes nos los realice un robot tremendamente preciso que sustituya al clásico y ya pasado de moda cirujano? Si, ya existe. Se llama DaVinci. Quizá dentro de un tiempo sea una realidad total.

El futuro causa asombro, expectación y miedo, porque se ve cada vez más cerca. Y cada vez se distingue mejor su forma, muy similar a una gran producción hollywoodiense de sci-fi. En gran parte de ellas, el ser humano no salía bien parado.

Invasión Alien-izante

Lo reconozco. Hoy he sentido miedo. Decían que la invasión cada vez estaba más próxima, que llegarían con intenciones muy chungas para hacernos morder el polvo. Otros ya dijeron que siempre habían estado entre nosotros, o que el cine actual ya nos estaba preparando psicológicamente para el apocalíptico ataque… Y yo me preguntaba: ¿sólo el actual?

Lo que he visto no ha sido ningún OVNI o platillo volante, ninguna raza extraterrestre despiadada, sino una auténtica invasión de Blackberrys. En un bolso, en una mano, en una mesa, en una cartera… O nostalgia del teclado, o moda, o necesidad de vivir conectado las 24 horas: El caso es que el momento ha llegado. Ya están aquí. Y no se sabe de dónde coño han salido tantas…

Eso es lo que está pasando al menos aquí, en Madrid, mientras escribo estas líneas. Durante los últimos meses he podido contemplar el tremendo auge que se ha producido en el número de estos aparatos que se ven por la calle, y también de los iPhones y Smartphones… Hechos que se aceptan según evoluciona uno mismo dentro de esta sociedad tan cambiante.

Sin embargo, hoy me sorprendió ver que tantas personas poseen una Blackberry (¡Pero de dónde han salido! ¿Ha volcado un camión de reparto en Móstoles esta mañana o algo así?) y que muchas de ellas la aferran a su mano, sin apenas guardarla un instante, como si fueran simplemente una extensión de su cuerpo. Un complemento vital que podría clamar la atención de su dueño en cualquier momento.

No aliens, pero sí quizá alienados, son los que hay entre nosotros. Quizá nosotros mismos sin llegar a darnos cuenta lleguemos a creer que salir a la calle no tiene sentido si no es acompañados de ese aparato lleno de aplicaciones que ya nos parecen esenciales. La última moda por aquí es el WhatsApp, mientras yo sigo en la edad del paleolítico y recargo mi tarjeta con 5 euros cada poco tiempo… Y tan a gusto. Soy un bicho raro, quizá demasiado. Hasta las nostalgias habrán cambiado, como ya lo están haciendo, cuando yo siga echando de menos aquello de las cartas de puño y letra. Y esto siendo tiempos que apenas tuve tiempo, valga la redundancia, de llegar a conocer a fondo.

Tal vez sea cierto que ya es imposible escapar de una red Wi-Fi. Ya me estoy asustando ahora mismo solo de ver la cantidad de redes que caza mi router. Me siento demasiado enredado, y encima no puedo apagar el router o no podré subir esta entrada. Enredado y sin escapatoria. Y encima aún no tengo una Blackberry.

 

Del microblogging al de-teching. ¡Ya me he hartado!

Dije hace un tiempo que escribiría en una entrada acerca de la revolución que han supuesto los servicios de microblogging. Para quien no esté muy puesto en la jerga de la web 2.0, la social media, o como cada uno guste en nombrarlo, cabe decir que el término “microblogging” hace referencia a lo que habitualmente constituye la forma clásica de utilizar la red social Twitter. Para que todo el mundo lo entienda: escribir lo que nos de la gana en 140 caracteres, subirlo a la red: comunicarlo al mundo. Es decir, un insulto a la forma corriente de utilizar los blogs habituales, aunque en ocasiones mucho más productivo, cuando en pocas palabras consiguen decirse reflexiones muy profundas, a veces ingeniosas y otras tantas más que interesantes (merecen un retweet, supongo que pensarán los usuarios de esta red).

Esta forma de comunicarnos ha revolucionado nuestras relaciones, al igual que lo hicieron facebook y otras redes sociales que en su día la siguieron.

Pues bien, esto ya es sabido prácticamente por todo el mundo, pero no es más que una introducción al verdadero tema que quiero tratar, que lo voy a resumir brevemente: Estoy harto de la forma en que la gente utiliza Internet, en especial las redes sociales. Ya sabéis lo pesado que me pongo con este tema (los que habláis conmigo en persona, sobre todo), pero nunca pretendí ser totalmente objetivo en este blog, y no voy a serlo ahora. No voy a ser políticamente correcto, ni pretendo escribir cada entrada comiéndome demasiado los sesos. Esta es una de esas entradas de absoluta desesperación, en la que te apetece gritar más que escribir. El mundo va en una dirección, mientras tú intentas ir en la contraria, o al menos evitar que la marea te arrastre…

Voy a intentar explicarme: Quiero volver al pasado. Tal vez sea solo un anhelo relacionado con muchos otros sentimientos o sensaciones que me provoca el mundo que me rodea. Dije que en esta entrada no iba a ser en absoluto objetivo: Se trata de un grito, aunque escriba en minúsculas y procure que nada suene demasiado estridente.

Porque estoy agotado en términos tecnológicos. Anhelo y tengo nostalgia de un tiempo que apenas viví antes de que el maremágnum de Internet me absorbiera. Aquellas tardes escasas que recuerdo en que mi hermano utilizaba la estación de radioaficionado y hablaba con alguien de Brasil, o de España, y resultaba igual de sorprendente y satisfactorio. Hecho en falta esa forma de comunicación, aquel tiempo en que nos veíamos obligados a llamar a los amigos a la puerta de sus casas para tomar unas cervezas y vernos cara a cara, para jugar al fútbol o al baloncesto o lo que fuera, para disfrutar de los gestos y de cada segundo y escuchar anécdotas del verano y las vacaciones. Aquel tiempo en que se disfrutaba de cada momento como si fuera único. Momentos reales… Ahora se me pasan volando, mientras veo como alguno de mis interlocutores decide robar segundos a ese momento fugaz para actualizar su perfil de Facebook. Me pregunto si su perfil o sus contactos son más valiosos que mi presencia física, es triste pensar que estoy en lo cierto.

No lo entiendo. Demasiadas corazas suponen los cinco muros que nos encierran en nuestras viviendas cuando la única ventana es la que está abierta en la pantalla del ordenador. O cuando nosotros mismos los fabricamos artificialmente alrededor de la pantalla del Blackberry o iPhone de turno. No se si acaso sentimos demasiado miedo al mundo exterior. En casa (o absortos en una pantalla portátil) todo es tan fácil que podemos llegar a creer que conocemos bien a la gente solo por chatear con ella y visitar un par de perfiles viendo fotos y comentarios de su vida cotidiana. ¿Qué día comenzamos a caer en este engaño? Es tan difícil llegar a conocer bien a las personas, incluso en la vida real, que da miedo pensar que hace poco así era como comenzábamos nuestras relaciones.

Hace poco he estado hablando contigo, viejo amigo. A las tantas de la madrugada hemos dado una vuelta por el barrio, nos hemos sentado en un banco, y hemos comentado todo esto. ¡Vivimos tan cerca y tan lejos! Sentiría una alegría inmensa si esas personas que de vez en cuando nos hablan por Facebook, Tuenti o Messenger, o se pasan por nuestro perfil sin decir un “hola”, se dignaran llamar a nuestra puerta, e incluso llamar a nuestro teléfono para organizar una quedada. Una voz ilusionada que te invita, que desea un tiempo contigo, no un “evento”. Me gustaría que nosotros mismos lo hiciéramos, que todos colaboráramos para comunicarnos de forma más cercana con toda esa gente que está a medio camino de quedarse en la cuneta, por siempre olvidados en un baúl de contactos digitales.

Llevo un tiempo tratando de desconectar, al menos en la medida en que me sea posible. Hace poco leí sobre esa nueva moda que, en teoría, está empezando a ser aceptada o sobre la que hay un cierto interés incipiente: el “de-teching”. El término hace referencia a una práctica que consiste en tratar de desconectarse, progresivamente y durante un período de tiempo (establecido por nosotros mismos) de redes sociales, email o teléfono móvil: Una especie de conducta que permita liberarnos y nos descubra si estamos enganchados a la red, y si realmente debiera ser tan necesaria en nuestras vidas como creemos. En términos generales me recuerda mucho al ejercicio de reflexión que propuse hace un tiempo a ciertas personas. Tal vez para que alguien tenga interés en lo que propones,sea necesario ser periodista, tener un poquito de suerte y conseguir la publicación de tu libro. Quién sabe si algún día…

En resumen, lo único que intento con esta entrada es gritar en silencio, reposadamente, estableciendo mi opinión subjetiva de lo que estoy viviendo. Tal vez más subjetiva de lo que me gustaría, al ser nostálgico por naturaleza, y no muy bien explicada, debido al atropellamiento de ideas y sensaciones que se me acumulan en estas ocasiones.

Cuantas promesas de reuniones, quedadas y reencuentros quedarán por siempre olvidadas en los perfiles, pero siempre registradas, como pruebas de lo que nunca fue. Se acumula rencor, se pierde privacidad, se obtiene cansancio: físico y mental. Del boom de la comunicación global al cansancio global. Porque todo el mundo comenzará a cansarse de nosotros, y nosotros nos hartaremos del mundo (MENTIRA, pero así me gustaría que fuera). El mundo 2.0: social, práctico, rápido, interconectado. En definitiva, una maravilla, y sin embargo yo sigo sintiendo que poco a poco vamos perdiendo algo vital: Momentos únicos que están fuera de nuestros aparatos, delante de nuestras narices, tan cerca y tan lejos. A veces parece que lo único que falta es una vía de alimentación intravenosa desde el móvil o el portátil directamente conectada a nuestro organismo. Yo creo que ya existe, más invisible que imaginaria, más tangible que metafórica. Y da mucho miedo desconectarla, por lo que pueda pasar.

La interpretación de los “me gusta”

Esta era una duda con cierta antigüedad, aunque ya d.F (después de Facebook). Se trata de los “me gusta”, esos botones típicos del Facebook, seña de identidad de la red social para gobernarlos a todos, y del uso que se les da.

Con los “me gusta” las cosas no quedan nunca claras, al menos en los comentarios, porque en las fotos si dices que te gusta, pues te gusta. No hay más vueltas de tuerca, ¿pero qué pasa con esos comentarios en los que preguntas o solicitas cualquier cosa y son contestados con “me gusta”? Ahí van varias hipótesis, en concreto únicamente dos:

1. No hay tiempo. Esto puede significar dos cosas. La primera, que el “me gusta” es un recurso rápido para no dejar un comentario/respuesta, lo cuál significa a su vez que el que pulsó el botón da por hecho que tú le vas a entender y que por tanto hablas ese nuevo idioma en el que “me” y “gusta” son dos términos interpretables en cualquier situación lingüística que se precie. La segunda, que el que pulsa el “me gusta” simplemente te da a entender algo así como “he leído tu comentario pero no tengo tiempo para ti”.

Sin duda es mejor la primera, pues esa persona cree que has adoptado su nuevo idioma. En la segunda eres despreciable, alguien a quien no merece la pena contestar con más de dos palabras que además ni siquiera son escritas.

2. Adicción: Hay personas que clickean impulsivamente en los “me gusta”, sean de lo que sean. Son ese tipo de personas a las que le gustan desde los condones Durex hasta Apple o Microsoft (a veces incluso estas dos a la vez, en plan utopía) o Coca-Cola y Pepsi (también a la vez, en plan cuento fantástico, como me pasa a mi), o el propio Facebook. Cualquier empresa con la que hayan compartido algún momento de sus vidas… Esas personas acaban creyendo que solo el botón “me gusta” tiene sentido. Son los mismos que difundían aquello de “¡Oh! ¡Dios mío! ¡En Facebook ya han implantado “no me gusta” y puedes comunicarlo sin escribirlo!” (O, mejor dicho, comunicarlo a secas, ya que escribir escriben poquito…

Si alguien se atreve a explicarme este extraño comportamiento que a veces saca de quicio, que me lo escriba en un comentario.

PD: Si marcais estrellitas al final de los post, argumentad por qué. ¡Las palabras aquí son mejor recibidas que los clicks!